Las voces que golpean contra los muros en los que habitamos pertenecen a cuerpos. Las ondas de sonido, originadas en el exterior, son las únicas capaces de traspasar nuestro pequeño habitáculo. Ellas son el indicio que nos indica que en el exterior aguarda lo desconocido, la infinitud. Aquello que no pertenece a nuestros mundos se encuentra enredado en el gran vacío externo. Tenemos que querer saber para deshacer los nudos que existen, así conseguiremos dotar de forma aquello que, por su propia naturaleza, es caos. Deseamos continuar alejados de los diversos timbres de voz, los cuales producen desconcierto y temor en nuestra solitaria vida. Cuerpos y voces alteran el equilibrio del que penden nuestros mundos. A pesar de encontrar desajustes durante estos períodos de escucha, la incertidumbre atraía al pensamiento. Intentábamos discernir qué ocurría en aquel espacio en el que se unían todas aquellas voces junto con la infinitud del caos. Imaginábamos el dolor, delatado por el...