Décimo día de observación

Puedo viajar a través de los colores que refleja la luz del día, me dirigen hacia aquellas tardes otoñales en las que toda la familia disfrutábamos de una genuina merienda, convertida en tradición en el mes de octubre, castañas asadas. 
A través del sentido olfativo es fácil reconocer el olor a leña, producto de la chimenea de la casa situada al otro lado de la pared. 
Mientras tanto, el sonido producente de algún vehículo que vaga por la carretera, un clásico de este patio. La estridencia producida por el soniquete del medio es lo que produce la sensación de hogar, entre otros motivos.
La piel, tan sensible al impacto externo e interno. He deslizado la mano por la pared de cemento. Se me ha erizado la epidermis, no solo por la textura, la cual es tosca, áspera, desagradable, sino también por todas las veces que mi cuerpo ha sido desplazado hasta tomar contacto con ella y nunca había sido capaz de palparla, de saber acariciarla con detenimiento y atención. 
No he podido gozar del sentido gustativo. Sin embargo, por contra, he cerrado los ojos, me he posicionado en el lugar donde solíamos reunirnos toda la familia a disfrutar de este momento tan especial, y sí, incluso por unos segundos, mi ser ha permanecido en aquellas tardes maravillosas.
A veces, simplemente es cuestión de enfocarnos en lo que un día nos hizo felices y dejarnos llevar, hasta perdernos.

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