Quinto día de observación

 Cierro los ojos, inspiro, los rayos cálidos del sol me erizan la piel tras la sensación de humedad, abro los ojos, mis pupilas se contraen por el exceso de luz, vuelvo a la realidad. 

Estos segundos de reflexión, en silencio, producen en mí una mirada hacia aquellos vacíos que hace años estaban protegidos. La nostalgia me empuja hacia ellos, como la gravedad impulsa hacia el suelo de la Tierra cualquier cuerpo. 

El rosal, lleno de rosas blancas y delicadas, con sus espinas puntiagudas, remarcando su belleza; su esencia; su elegancia; su pureza, pero a la vez su fragilidad. Recuerdo que el pequeño arbusto sufría diversas enfermedades muy a menudo. Siempre que iba a visitarlo y percibía su estado hostil, preguntaba “¿Por qué el rosal está enfermo?”, la respuesta siempre era la misma. “Es una especie muy delicada, es atacada por numerosas plagas como el caso del pulgón.” Yo, no comprendía como un arbusto con flores tan bonitas podía enfermar tan rápido. A día de hoy solo queda la maceta, el rosal se marchitó y nunca fue sustituido por otro. Con nuestros seres queridos ocurre lo mismo, nos interrogamos por qué la vida es tan injusta haciendo que el estado de salud empeore hasta acabar con las personas a las que tanto amamos. Al final solo quedan sus pertenencias, los recuerdos. Lo esencial se marcha. 

La jaula, antes llena de vitalidad, balanceada por el traqueteo de la vida que habitaba en el interior. Ahora, solo queda un elemento estático, cualquier vaivén de este cuerpo es a causa de una ráfaga de viento o por el imperceptible movimiento de los átomos que la componen. ¡Cómo ha cambiado la situación! Hace años, este instrumento contenía vida propia, voz propia. Ahora, simplemente transmite soledad, expresa a gritos la pérdida de su habitante, de la luz que hacía percibir al receptor. Su función era hacer de hogar. La jaula perdió su función, dejó de brindar alegría. 


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