Segundo día de observación
Estoy en la calle, no hay nadie. Simplemente encajo la llave en la cerradura oxidada de la gran portada marrón que da paso al patio y me dispongo a entrar.
Lo primero que han atisbado mis ojos ha sido la torre de butacas blancas. Siempre han estado ahí, pero pocas veces las he visto, o más bien, les he prestado atención. Para mí, estas butacas son sinónimo de sencillez, ya que no son las más bonitas, ni las más cómodas en las que me he sentado, pero no obstante, me han servido de asiento en numerosas ocasiones, lo que me ha permitido compartir momentos en este entorno y pasar tiempo con mi familia. Y eso, vale más que cualquier cosa.
Sigo paseando, escuchando, atendiendo al espacio, vuelvo por mis propios pasos y, encuentro las calas. Hace unos años las miraba y no sentía nada, eran solo plantas, además, no me parecían bonitas ni interesantes como otras flores, de hecho, sigo pensando que les faltan las cualidades que he nombrado antes, pero aún así, tienen un gran significado para mí. Desde que mi abuela se fue, siempre que veo una cala me acuerdo de ella, pienso en lo feliz que era cuidándolas y lo que las tienes que echar de menos. Desde entonces, me gustan mucho, lo que me ha hecho pensar que en la vida pasa lo mismo, hay elementos que aparentemente no nos gustan, o simplemente no nos parecen atractivos, pero su significado o valor puede más que lo exterior.
Sigo estática, delante de las calas, pero ahora miro hacia arriba, hay vigas de madera sujetando un techo deteriorado. No hay ningún nido de golondrina o paloma, lo que es extraño. Siempre que miro hacia este techo, hay algún animal cuidando a sus crías. Es curioso que más de una especie de pájaro se haya sentido atraído por colocar aquí su nido. Es un lugar seguro para mantenerse alejados del frío directo. Así es la vida, intentado cubrir todas las necesidades, aunque eso suponga cambios y riesgos.
Comentarios
Publicar un comentario