Sexto día de observación
El patio está lleno de “ojalás”.
Ojalá este lugar fuese un hogar.
Ojalá toda la familia volviese a estar tan unida como antes.
Ojalá mis abuelos nunca se hubieran marchado.
Ojalá este espacio siguiese lleno de vida.
Ojalá volver a mirar hoy y encontrar el patio de hace doce años.
Ojalá tener menos ojalás.
Observo el entorno y me percato de que todos mis ojalás, hace años, fueron realidad.
Nunca lo aprecié, era una niña, supongo que valorar, o más bien, darse cuenta de la suerte inmensa al tener todo lo que necesitas, no es sinónimo de niñez.
Aunque habitualmente suelo sentir de manera negativa las experiencias anteriores, no siempre es así.
Me hubiese encantado seguir experimentando la sensación de unión, de apoyo incondicional, de continuar toda la familia coleccionando momentos. Esto no sucedió. Todo cambia, esa es la ley de la naturaleza, modificar incluso las partes más pequeñas de la faz de la Tierra hasta que todo sea material renovado, hasta que no quede nada anterior al cambio. Aún así, causó vértigo tenerlo todo y perderlo de manera repentina.
Quizá el dolor me hizo ser quien soy hoy, valorar el tiempo, entender que la vida cambia constantemente, sin avisar. Hoy podemos gozar de todas nuestras fortunas y mañana lamentarnos por haberlas perdido, sin ser conscientes de lo afortunados que éramos de poseerlas.
Pero la vida es así, caprichosa. Cuando realmente somos felices no lo percibimos, mas si esa felicidad se esfuma, llega el arrepentimiento y por tanto el golpe de realidad.
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