¿Habitamos en ruinas construidas con nuestras propias manos?
Una sola vida contiene infinitos mundos. Todos ellos nos constituyen, genera en los humanos tranquilidad saber que estos nos dotan de identidad propia. Queremos sentir delimitados nuestros mundos de aquello que aguarda allí fuera. Como explica Sloterdijk en su libro Esferas ‘La productividad primaria de los seres humanos consiste en trabajar por conseguir alojarse en relaciones espaciales propias’.
El tiempo no se detiene, continúa su transcurso mientras, nosotros seguimos construyendo, derribando, moldeando la única esfera que poseemos, la propia vida. Esta es compacta por albergar nuestros infinitos mundos, los cuales toman espacios cada vez mayores y forman siluetas complejas, se desarrolla en el interior de las ruinas, entre grandes paredes que no dejan asomar ningún punto de luz.
Consideramos que todo lo que necesitamos, todo lo que somos se encuentra con nosotros, en aquellas ruinas que paralizan el descubrimiento, el conocimiento del mundo exterior. Y sí, el mundo es la representación de cada ser, como expondría Schopenhauer, sin embargo también es mundo todo lo que está más allá de cada una de nuestras representaciones.
Este último proceso, el cual nos invita a descubrir aquello que no conocíamos antes genera en nosotros, animales cuya evolución no nos liberó de aquella respuesta que se activa al detectar una posible amenaza, el miedo.
Tenemos miedo, miedo a lo desconocido, a aquello que pueda hacernos invisibles en un gran mundo irreconocible. Tenemos miedo a que la línea que delimita nuestros mundos se funda en el espacio y se produzca una mezcla homogénea entre el ‘nosotros’ y el ‘ellos’, entre lo ‘conocido’ y lo ‘desconocido’, entre la ‘particularidad’ y la ‘globalización’.
El miedo nos paraliza. Fue quien nos obligó a construir estas ruinas, fue él quien decidió que no queríamos saber, que todo lo externo era un peligro, el mismo que ordenó que debíamos separarnos de ello.
Quedamos estáticos en el interior. Quedamos atrapados en la umbría. Quedamos encerrados en la ignorancia. Quedamos habitando ruinas.
Poder salvarnos no es una opción, todavía. Lo que fueron sus ruinas, hoy son las mías, mañana serán las tuyas. Los cimientos son muy resistentes y todos tenemos miedo. ¿Quién no querría utilizar el mismo material? ¿Quién no querría manejar el mismo método? Generación tras generación aumentan estas estructuras. Nos alojamos sobre aquellas que fueron las ruinas de algún otro humano y seguimos construyendo hacia arriba, incansablemente, sin cesar. Heredamos el método y el material, no queremos perder la técnica. Nos enseñamos porque queremos alcanzar el cielo.
Aun así, existe la dialéctica, la cual considera que todos los fenómenos están sujetos a perpetuo cambio y movimiento. Y el mundo contiene grandes fuerzas que empujan y golpean contra nuestras ruinas, resistentes y sobre todo impenetrables. El mundo contiene claroscuros, incertidumbre, transformaciones que producen movimiento en las ruinas formando grietas, y en estas asciende la vida.
Podríamos considerar que estamos viviendo una metamorfosis. Al igual que la oruga destruye su propio dispositivo inmunológico contra su propio organismo, y esta autodestrucción es al mismo tiempo la autoconstrucción de un ser nuevo dotado de alas, la mariposa. Nosotros nos autodestruimos aislando nuestras vidas, reduciendo nuestro saber, anulando el descubrimiento que nos ofrece el exterior. Pero las ruinas están comenzando a contener grietas por las cuales la vida asoma y se cuela nerviosa por descubrir qué se encuentra más allá de nuestras propias representaciones.
Nos encontramos en una metamorfosis, sólo es cuestión de tiempo.
La oruga sabe que se convertirá en mariposa.
Y nosotros, ¿en qué nos metamorfosearemos?
https://youtu.be/hxuKo_VdM9o
ResponderEliminarhttps://youtu.be/ECwY77VI3QM
ResponderEliminarhttps://faircompanies.com/articles/por-que-habitar-es-a-la-vez-construir-y-pensar-heidegger/
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