FRAGMENTO II: Heridas
Su piel narra todo lo que ella no supo manifestar mediante palabras. Consideraba que su ser residía en la única zona de su frágil cuerpo que se encontraba en contacto directo con el exterior, la piel. Todos sus mundos se escondían bajo las heridas que alojaban sus poros, los cuales conformaban aquel órgano extenso.
Los signos en su piel eran símbolos de vida, por ello contenían el gran potencial para definirla, delimitarla del resto. Ella no solía observarse de ese modo. Siempre le habían aconsejado cubrirse las heridas para ayudar a cicatrizar. El dolor debía cesar. La herida debía sanar y formar parte del pasado. Cubrir con vendas las llagas producidas por la existencia y lo que ella conlleva. Ocultar aquello que desvela que somos seres sensibles, propensos a la herida.
A pesar de que ella sabía que su ser residía en cada poro de su piel decidió envolverse entre gasas y el etéreo olor a alcohol. Ella supo que aquel ejercicio de protección de heridas pasadas, coartaría la expansión de sus mundos ya existentes y de los que aún quedaban por penetrar en su piel, por formar parte de su vida. Sin embargo, no quería volver al dolor ardiente y punzante que recorría su interior. Eligió paralizarse y no volver a sentir. No volver a mirar las marcas de su piel. No volver a recrear el dolor que pertenecía al pasado. Renunciar a la vida.
Ahora se encuentra oculta entre ropajes que evitan el contacto con el exterior. Espera pausada con fe. Ella, que se sabe crisálida. Ella, que sabe que sus heridas, aquellas que se encuentran en la piel que aguarda a su ser, emanan luz.
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