Octavo día de observación
Recorres la entrada con pisadas limpias, suaves, sin producir ninguna vibración sonora que ahuyente la esencia que nace en este espacio.Te deslizas sobre las baldosas rojas, las cuales forman un dibujo muy llamativo. Me atrevería a decir que son las más originales que he visto a lo largo de mi vida. En ese desliz silencioso, pasivo, en la entrega total de todo mi ser a este espacio te ves reflejada.
Quizá no es casualidad, yo sin embargo, afirmaría rotundamente que lo fue.
Así es, pude observar mi rostro en el cristal de la ventana. ¡Cuánto tiempo sin mirarme desde la naturalidad! No había percibido hasta ahora que siempre que me observo en el espejo es para intentar agradar a los demás por mi belleza exterior. ¡Qué triste! No quiero decir que mirarse en el espejo sea un acto perjudicial, al contrario, nos nutre en la mayoría de los casos. Lo que es triste es lanzar la mirada hacia nuestro reflejo y ver solo un cuerpo, nada más. Somos eso, sí, pero también somos seres llenos de experiencia, de aprendizaje, de vivencias. Mirarse al espejo e intentar comprender quiénes somos, cómo hemos evolucionado, observar la belleza interior.
El problema no es el reflejo, es saber cómo mirar.
Hoy he tenido la suerte de poder gozar de esta experiencia tan sensible, tan pura, tan llena de mí misma y de todo mi bagaje.
Por primera vez he visto a una chica de dieciséis años llena de miedo, de incertidumbre, de ganas por conseguir sus sueños, llena de vitalidad.
Quizá, todos los días deberíamos dedicar un pequeño porcentaje de nuestro tiempo a mirar profundamente nuestro reflejo.
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