Primer día de observación
Estoy aquí, en medio del patio en el que jugué tantas veces. Nunca antes lo había mirado como hoy. Siempre lo he considerado un patio lleno de vida y recuerdos, y en este momento, solo percibo la pequeña brisa helada de los primeros días de octubre que te enfrían la nariz; el ruido de los coches al cambiar su velocidad, o simplemente el murmullo de los transeúntes que caminan al otro lado de la pared.
Alzo la mirada, me pierdo entre la nostalgia de mis recuerdos y encuentro la pila de lavar, donde tantas veces vi a mi abuela intentando quitar las manchas de una camisa o coger agua para regar las plantas. Me acerco y observo que está llena de moho, deteriorada, poco a poco se va pudriendo. La recuerdo más alta, un instante después, pienso que he crecido desde la última vez que la miré con atención.
Paseo por el suelo de cemento recubierto por moho, toco el suelo con las yemas de los dedos, aún recuerdo esta textura. Todos los raspones de rodilla producidos una tarde de agosto por este mismo suelo, quemándome la piel con su calor.
En una esquina, apartado de la luz, bajo el techo metálico que da sombra a una parte del patio, se encuentra el patinete, oxidado, desvencijado por el uso y el tiempo. No es mío, ha sido motivo de risas y diversión más de una generación. Era un regalo para mis tías y mi madre. Cuando llegué yo, ya estaba deteriorado, pero con él era la niña más feliz.
¿Por qué todo se va marchitando tan rápido en este espacio? ¿Por qué dónde había símbolos de vida ahora solo queda óxido y moho?
La única respuesta que he encontrado es que nada es igual desde que mis abuelos no están.
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