‘Las ciudades continuas, 1’

 ¿Por qué ocupamos terreno con los desechos? 

¿Los espacios perdidos a causa de los desechos podrían ser lugares de encuentro? 

¿Qué ocurriría si colisionan los restos de distintas ciudades?

¿Necesitamos mantener alejada nuestra ciudad de los desperdicios? 

¿Cómo viviríamos sumergidos entre los restos de otras ciudades? 

¿Intentamos generar más desechos para culminar con la otra ciudad? 

¿Qué ocurriría si los desperdicios se derrumban en dirección al espacio en el que habitamos? 

Construimos ciudades moldeadas por desechos depositados con nuestras propias manos. Creímos que alejar los restos antiguos del espacio en el que habitamos sería un camino sencillo hacia el equilibrio. No sucedió así. Quedamos atrapados en el interior de una circunferencia constituida por el rechazo, la insensibilidad, el miedo a lo desconocido. 

En el interior de aquel círculo delimitado por grandes columnas de residuos habitaban seres que se sucedían, seres que se despidieron de la vida dejando paso a nuevos individuos. Sin embargo, continuaron acumulando los desechos como habían aprendido de sus antecesores.

Los seres se marchan, perviven sus legados. 

El legado que reciben los nuevos individuos de cada generación tiene sus raíces en el origen de la ciudad, la cual se conformó a partir de almacenar residuos alrededor de ella. Por lo tanto, los habitantes de esta ciudad llevan inscrito en su ser que deben seguir componiendo enormes cúmulos de basura como si se tratase de autómatas para conformar su ciudad. Lo cierto es que el ritmo de depósito de dichas sustancias aumenta con la llegada de nuevas generaciones. 

Introducimos comportamientos en nuestras vidas que terminan calando en las más profundas entrañas de nuestro ser. Una vez ahí, dichas actitudes pertenecen a nosotros, forman parte de nuestros genes. ¿Y nosotros qué somos? ¿Qué significa que las actitudes se convierten en nuestros genes? 

Cada día somos menos humanos, más autómatas. Tan solo somos portadores de genes. 

Como consecuencia, nuestra especie seguirá produciendo grandes cantidades de desecho sin siquiera poder ralentizar su velocidad.

¿Y qué pasará cuándo no exista más espacio? ¿Nuestra especie cambiará? 

Los genes se apoderan de nosotros, nos conforman. Nosotros estamos constituidos por alelos que nos obligan a conformar fronteras con otros individuos, ciudades e incluso países por medio de grandes cantidades de sustancias nocivas. 

Cada uno de nosotros se hundirá en sus propios desechos empujados a su vez por otros residuos ajenos. Quizás, en este momento, la evolución perciba que estamos en peligro de extinción y decida cambiar aquellos genes que se sepultan a sí mismos, que sepultan a sus portadores, los humanos.

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