‘Las ciudades y el deseo, 4’
¿Podemos convertir todos nuestros deseos en materia?
¿Por qué se modifican nuestros deseos?
¿Cambian debido al transcurso del tiempo?
¿Son modificados por las experiencias?
¿Los deseos no pueden hacerse realidad por el paso del tiempo?
¿Los deseos desaparecen cuando se convierten en realidad?
Somos seres proyectivos, aquellos a los que la imaginación conduce hacia el deseo. Quisimos componer acordes para hacer de nuestra vida una unidad armónica. Creímos que desear sería el pretexto perfecto para gozar del tiempo que nos queda antes de ser polvo.
Así comenzó el deseo, entre seres que imaginando el futuro desde un tiempo concreto en el presente, olvidaron que el tiempo destruye, desordena, organiza hasta la última conexión neuronal con la consecuente pérdida de nuestros deseos actuales.
Por lo tanto, podríamos objetar que los deseos son proyecciones para alcanzar el máximo éxtasis en nuestras entrañas. Qué caprichoso es que conseguir nuestros deseos conlleve el suficiente tiempo para que nuestra mente ya haya decidido hacer pedazos lo que anhelábamos.
Desear es una acción repetitiva que supone construir para más tarde derruir todo aquello que forjamos.
El deseo es una proyección que queda suspendida
entre el presente y el futuro
entre la construcción y la destrucción
entre la imaginación y la realidad.
El presente se convertirá en futuro y derruirá los deseos anteriores para comenzar a construir nuevos que se adapten a la realidad que habita.
Siempre recordaremos aquellos deseos como lo que pudo haber sido y no fue.
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