'Las ciudades infinitas, 1'
Observando el horizonte encontramos la ciudad de Vega, terreno circular debido a la erosión del río que la separa de cualquier otro punto existente. Nadie quiere habitar Vega. Todos los seres que vislumbran esta ciudad afirman que deberían comenzar proyectos de construcción para hacer de esta circunferencia un hogar. Aquellos que la observan a gran distancia son guiados por la visión externa. Nadie ha introducido sus piernas en el agua del río que bordea a Vega para comprobar su frescura. Tampoco hundieron las palmas de las manos en la tierra que contenía aquella ciudad para comprobar su fertilidad. Ninguno de ellos atendió a la brisa, al sol y a la lluvia que se posaban en aquella circunferencia solitaria.
Si aquellos viajeros se hubiesen encontrado envueltos en la atmósfera de Vega hubiesen quedado paralizados atendiendo a la gran potencia que contiene en su interior. La ciudad visible es la entrada hacia Vega, ciudad subterránea en la que se producen todos los mundos posibles, ciudad que encierra todas las posibilidades existentes en un círculo perfecto.
En Vega podemos encontrar a un pintor, famoso por la combinación de colores que refleja sobre el lienzo, y a la vez, podríamos observar al mismo artista paralizado por no encontrar las ondas de pigmentos que se compenetren sobre el fondo en blanco. Encontramos a un niño observando una encina con la mirada absorta en cada grieta de la corteza del tronco, y en otra secuencia de imágenes contemplamos a ese mismo niño saltando sobre las raíces de aquel árbol centenario.
La ciudad de Vega encierra todos los mundos posibles de cada punto del universo. Quizá algún día el humano se sumerja en esta ciudad subterránea y materialice los infinitos mundos que alberga Vega, ciudad infinita.
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