'Compartimento C, coche 193'
Compartimento C, coche 193 (1938)
Edward Hopper
Viajar sin rumbo.
Perdidos buscábamos algún lugar en el que poder resguardarnos de la tempestad que sacudía con fuerza nuestros débiles cuerpos. El viento despeinaba nuestros cabellos. La llovizna impactando sobre cada poro de nuestra piel. El vestido se balanceaba al ritmo del movimiento horizontal de la única nube, oscura y densa, que surcaba el cielo. Alzamos la vista y contemplamos el espectáculo que acontece sobre nuestras frágiles figuras. Aparecen relámpagos acompasados por truenos que erizan la piel y la hacen más sensible al tacto.
Desorientados, como solíamos encontrarnos reiteradamente, decidimos encontrar calor en el asiento del tren. No queríamos saber. No queríamos conocer. No queríamos preguntarnos. Deseábamos olvidar el pasado. Olvidar aquel malestar que recorría nuestro ser. Anhelábamos aquello que nunca sentimos, como si fuese una necesidad que pertenece a nuestra especie.
Fue en aquel momento en el que ensimismados creamos nuestros propios mundos, los que nuestra vida aprehende, los recoge para conformarla. El exterior quedó atrás, en aquel miedo que palpitaba en nuestro interior. Allí fuera éramos frágiles, diminutos, creímos que la tormenta nos derrumbaría. Sin embargo, ahora sentados, fundiéndonos en el calor que desprendemos en esta esquina del asiento sentimos poder, sentimos que todo está como necesitamos, que nada nos desborda. Somos los dueños de todo aquello que somos.
Así nos encontramos, en un tren que está en movimiento, cambia de sentido, toma curvas, incluso a veces realiza paradas con la esperanza de haber llegado a nuestro destino. Nosotros estamos sumidos en la comodidad. Aunque observamos cómo va cambiando el exterior, nosotros seguimos estáticos. No sabemos hacia dónde vamos. Sólo queremos permanecer alejados del exterior. Seguir absortos en nuestros mundos, ensimismados en aquello que hace desaparecer nuestra vulnerabilidad.
Sin embargo, nuestra posición es momentánea. Algún día tendremos que volver a enfrentarnos con el exterior, aunque suponga vértigo. Quizá, para ese entonces la tempestad haya desaparecido. Quizá observemos que las ruinas eran aquella comodidad que nos abordó durante todo el trayecto. Quizá la falta de contrastes de ánimo durante el trayecto nos ayude a salir. Quizá todo se ha transformado durante el viaje.
Aún queda recorrido y varias paradas antes de salir al exterior. Seguimos en el tránsito el cual supone esperar no salir de nuevo al exterior. Desear continuar en aquel asiento el cual se ha convertido en un hogar. Construir nuestra vida desde la comodidad.
Viajar sin rumbo.
https://vimeo.com/111652156
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