FRAGMENTO IV: Arte con las manos
Consideraba necesaria la ambigüedad del exterior para existir. Nunca deseó descubrir aquello que no se mostraba ante sus ojos. Nunca se interrogó sobre lo que aguardaba ahí fuera. Por el contrario, decidió ser artesana de su propia vida. Construir con sus propias manos aquella esfera compuesta por sus mundos. Ella sabía que hacía arte con las manos.
Quizá, la felicidad no estaba impregnada en las paredes toscas del pequeño habitáculo. No era imprescindible su esencia para habitar un espacio. Sin embargo, el cariño que emergía del roce entre el cuerpo y el material que moldeaba era suficiente para continuar allí, en ruinas que eran hogar.
Así fue como ella dotó aquel espacio de constancia, esfuerzo y sobre todo de amor por lo que hacía. No fue fácil enfrentarse al vacío y a la umbría de las ruinas.
Ser euforia. Ser pasión. Ser vehemencia. Ser viveza. Ser ímpetu.
Los dedos y las palmas de las manos acariciando suavemente revelaban lo que ella sentía, incluso lo que ella era.
Era admirable. Un cuerpo moldeando barro con el suficiente cariño para convertirlo en una verdadera obra de arte.
Y lo que era aún más venerable, amaba cada una de sus pequeñas obras después de la creación. No se olvidaba de ninguna de ellas. No las abandonaba en cualquier rincón. Ella atendía con devoción las futuras creaciones y a su vez, las que había compuesto anteriormente.
Sabía que lo que no se cuida termina por volverse peligroso.
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