FRAGMENTO III: Cuerpo y voz

Las voces que golpean contra los muros en los que habitamos pertenecen a cuerpos. Las ondas de sonido, originadas en el exterior, son las únicas capaces de traspasar nuestro pequeño habitáculo. Ellas son el indicio que nos indica que en el exterior aguarda lo desconocido, la infinitud. Aquello que no pertenece a nuestros mundos se encuentra enredado en el gran vacío externo. Tenemos que querer saber para deshacer los nudos que existen, así conseguiremos dotar de forma aquello que, por su propia naturaleza, es caos.
Deseamos continuar alejados de los diversos timbres de voz, los cuales producen desconcierto y temor en nuestra solitaria vida. 
Cuerpos y voces alteran el equilibrio del que penden nuestros mundos. 
A pesar de encontrar desajustes durante estos períodos de escucha, la incertidumbre atraía al pensamiento. Intentábamos discernir qué ocurría en aquel espacio en el que se unían todas aquellas voces junto con la infinitud del caos. Imaginábamos el dolor, delatado por el desgarro de sus gritos, calmado por otros cuerpos. Cuerpos que conocen la textura de otros cuerpos. Cuerpos que acarician otros cuerpos. Cuerpos que, al estar unidos, se fusionan en el mismo cuerpo, formando uno único. 
Y sí, creímos que el cuerpo era lo único que podía aliviar el desgarro con el que las voces expresaban el dolor. Sentirse a sí mismo como cuerpo y a su vez sentir al resto como cuerpos era la sensación que podía consolar aquel mundo roto, despedazado, fragmentado.
En las noches, cuando los gritos cesaban y el silencio se apoderaba, la soledad del interior quebrantaba cada centímetro del pequeño habitáculo. En ese preciso instante pensábamos 
 Eso es lo que somos, cuerpo que busca otro cuerpo. 

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