TEXTO PARTE II
No queremos salir al caos. No queremos habitar un mundo sin sentido. Hemos preferido crear este sueño y habitar en él. Entendimos que nuestra existencia estaba sustentada por estas paredes, por el mundo que percibimos.
Así sucedió cómo nos adentramos en la búsqueda del cuerpo. Era a lo único a lo que nos pudimos aferrar cuando todo el caos exterior intentó irrumpir en el orden que poseíamos. Sentimos miedo de la transformación, del cambio constante que conlleva la vida. Por ello, decidimos aislarnos y encontrar sentido en nuestro propio cuerpo. Él era fiel a todo aquello que nos afectaba. Él era el único capaz de atisbar nuestro horizonte y enfrentarse a él. Él siempre ha sido consciente de que somos prisioneros en un mundo compuesto por nuestra percepción.
No fue fácil encontrar lo que todo este tiempo atrás había pasado desapercibido por nuestros ojos, sensibles a las sombras de aquello a lo que tanto buscábamos. Entendimos que hace falta observarse a uno mismo, con detenimiento, con el deseo de aquello que se mira por primera vez y se le otorga forma y sentido. Así debíamos comprender nuestro cuerpo.
Él era el sentido de nuestra vida. No supimos apreciar cómo las ruinas nos delimitaban de aquel caos cambiante, dejando a salvo nuestros frágiles cuerpos. Los mismos que dieron fruto a todo lo que creamos, amamos y por supuesto a todo lo que somos.
Rozar piel con piel y conocer el movimiento. En ese instante supimos que aquello que necesitábamos estaba allí. La finitud del cuerpo fue el hogar que siempre quisimos habitar. Las ruinas dejaron de serlo al encontrar el sentido de la vida que tanto anhelábamos. Sin embargo, la felicidad no formaba parte de aquel espacio. El cuerpo contenía cuerdas que le coartaban cierta libertad de movimiento, de expresión.
Tras el devenir que habíamos sufrido, nada sería igual. El paso del tiempo había hecho cambiar todo nuestro mundo. Ahora no sabíamos expresarnos con el resto de la humanidad. No encontrábamos la fórmula. No comprendían nuestras palabras.
Necesitábamos despojarnos de todas aquellas cuerdas que envolvían nuestro frágil cuerpo.
O quizá cuidar aquello que creíamos que nos haría daño y al final, nos salvaría.
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